Nunca pensé que llegaría a escribir algo así en público, pero hay situaciones en la vida que duelen tanto que el silencio deja de ser una opción. Durante muchos años intenté cumplir con mi papel como padre: trabajar, sostener una familia y daros una educación según lo que en cada momento creí mejor. Me casé muy joven, con 18 años, y como cualquier persona he cometido errores. Nadie nace sabiendo qué le va a traer la vida ni cómo hacerlo todo bien. He aprendido con el tiempo, asumiendo fallos y responsabilidades.
Con el paso de los años he sentido que se me ha ido apartando. En los conflictos que han existido entre vuestra madre y yo, he tenido la sensación de que dejé de importar, como si mi papel se hubiera reducido únicamente a trabajar y mantenerlo todo. Esa sensación, cuando viene de los propios hijos, es especialmente dolorosa.
Quiero hacer una mención expresa a mi hija Cuchi, agradeciendo la preocupación que ha mostrado por mí y la gestión que ha realizado de mis asuntos cuando ha sido necesario. Siempre ha actuado teniendo en cuenta la postura y el interés de su madre, algo que respeto, aunque en ocasiones me haya hecho sentir desplazado como padre.
También quiero dejar constancia de una situación especialmente dolorosa. Me he visto obligado a interponer una demanda judicial contra mi hijo Juan como única vía posible para intentar ver a mi nieta, después de que cualquier intento de diálogo resultara inútil. A ello se suma el hecho de que ni siquiera fui informado del nacimiento de su segunda hija, privándome de un acontecimiento tan importante y de la posibilidad de estar presente desde el inicio de su vida. Tener que recurrir a los tribunales para algo tan esencial como intentar ejercer de abuelo es una experiencia profundamente amarga y nunca deseada.
Mis hijos ni siquiera han sido capaces de traerme a sus hijos para que los conociéramos, tanto su bisabuela —mi madre— como yo. Ninguno de los tres lo ha hecho. Tengo tres hijos, todos mayores de edad, y sinceramente creo que no me he portado mal con ellos. Les he dado una educación y les he enseñado a trabajar, que para mí es una de las cosas más importantes de la vida.
He cometido muchos errores, como es lógico en cualquier ser humano, pero también creo que hemos sido una familia feliz hasta que alcanzasteis cierta edad y empezasteis a comportaros de manera egoísta. Esa actitud me ha dolido profundamente.
Vuestro padre estuvo privado de libertad entre la cárcel y el hospital durante casi catorce meses. En todo ese tiempo ni siquiera tuvisteis un gesto mínimo hacia mí, ni siquiera traerme un paquete de tabaco. Preferisteis quedaros con lo que se os ofrecía a cambio, con beneficios y comodidades, y cambiasteis todo eso por vuestro propio padre. Eso es vender a un padre.
El golpe definitivo llegó con la muerte de mi madre. Falleció y ni siquiera recibí una llamada vuestra para dar el pésame o para preguntar cómo se encontraba vuestro padre. Fui yo quien avisó a mi hija Cuchi mediante un mensaje comunicándole que había fallecido su abuela, y la única respuesta que recibí fue un simple “lo siento”, sin más. Esa frialdad, en un momento así, es una falta de humanidad que todavía hoy me cuesta comprender.
A todo ello se suma el dolor que me produce mi nieto mayor, que con 23 años es ya plenamente mayor de edad. Desde que interpuse la demanda contra su padre, no ha sido capaz de llamarme por teléfono, ni de interesarse por cómo me encontraba, ni siquiera de darme el pésame por la muerte de su bisabuela. Yo no me he portado mal con él, y su silencio y su indiferencia han supuesto otro golpe más que he tenido que asumir en soledad.
Cuando todo esto termine, conoceréis por lo que ha pasado vuestro padre y el sufrimiento que he tenido que soportar por culpa vuestra y de vuestra madre. Lo demostraré con documentos, fotografías y pruebas, para que no volváis a decir que tengo un trastorno mental, como llegaste a afirmar tú, Juan, en un juicio cuando reclamé judicialmente poder ver a tu hija pequeña. La realidad no es un trastorno mental; es una historia que muchos habéis preferido negar o silenciar.
A vuestra madre siempre la he querido muchísimo. He estado profundamente enamorado de ella y nunca he intentado hacerle daño. Sin embargo, a vosotros os ha parecido bien lo que ella ha hecho conmigo. Aceptar eso, mirar hacia otro lado, también es vender a vuestro padre.
Quiero dejar clara una última cuestión importante. Entre vuestra madre y yo hubo conflictos de pareja, discusiones y momentos difíciles, como ocurre en muchos matrimonios. Pero nunca he sido una persona violenta ni he ejercido malos tratos. Jamás ha sido esa mi forma de actuar. Digo esto únicamente para defender mi dignidad y mi nombre, no para reabrir heridas.
El mayor dolor que llevo dentro es no haber podido conocer a mis nietos ni compartir tiempo con ellos. No haberlos traído para que conocieran a su bisabuela, que ya no está, y a su abuelo, que sigo siendo yo, es algo que me duele profundamente. Los niños no tienen culpa de nada y no deberían crecer sin conocer ni relacionarse con su abuelo.
A pesar de todo lo escrito, de todo el dolor y del sufrimiento vivido, en el fondo seguís siendo mis hijos. Nada de lo que ha pasado puede borrar ese vínculo ni el hecho de que sois parte de mí. El amor de un padre no desaparece, aunque duela, aunque no sea correspondido y aunque las heridas sean profundas. Si escribo todo esto no es por odio, sino porque necesito que la verdad quede dicha y porque, pese a todo, sigo siendo vuestro padre